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¡El matrimonio del sapo!

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«Es este un animal con el cual no queremos trato alguno; ni siquiera nos agrada encontrarle de noche en los caminos. Empieza a dar señales de vida en el mes de marzo; pasa las noches cantando en campos y praderas, saluda con sus monótonas voces la llegada de la primavera. Una sola es su nota, pero no carece de melodía en el silencio de las primeras noches hermosas. Así continúa hasta abril, hasta la llegada del ruiseñor y tan interesados como los del ave de la primavera son sus cantos. El macho llama; quiere contraer unión; otro responde a su voz y se casan.

Son muy raras las costumbres de los sapos, si hemos de creer lo que dice M.C. Hartmann que los ha observado en diversas regiones de Alemania, de los Vosgos y de los alrededores de París. En París hacen lo mismo que en todas partes. El sapo (Alytes obstetricans), una vez que ha encontrado su compañera la estrecha, la acaricia, y ésta le da a cambio de sus ternezas un bonito collar formado de 200 huevos cuando menos. El sapo lo coge cariñosamente, se lo enrolla en las patas de atrás en forma de 8, teniendo las patas en las dos asas. Ese es el anillo de esponsales. El sapo se va muy alegre con su alianza, y se pasea ufano en medio de la población cantadora. Va y viene, empujando a los otros y buscando su alimento, y parece tan ágil como si no llevara consigo sus 200 huevos.

A las tres semanas justas después del regalo siente una impulsión súbita; nada le detiene; es el término fatal. Se arroja al agua, no para romper los lazos que ha contraído valiéndose del suicidio, sino para cumplir su misión de padre. Se mueve, se agita, da vueltas como loco, y por último se detiene. Ha logrado por fin soltar su collar de huevos que se le había adherido al cuerpo. Vuelve a subir gravemente a la orilla, dejando entre el agua sus huevos, los cuales se desarrollan allí hasta que al final sale de cada uno de ellos una especia de renacuajo. El anillo de matrimonio ha producido unos 200 renacuajos!

Los hijos de los sapos pasan el otoño y el invierno en el agua, sin temor al frío ni al hielo. M. Hartmann los ha visto más de una vez entre el helo; al llegar el deshielo vuelven a dar señales de vida, y emprenden de nuevo su vida ordinaria. Los renacuajos comen materias animales, ranas muertas y algunas plantas. Pasan así un año, después entre mayo y septiembre salen del agua y se transforman, pierden la cola, viven entre las piedras y no salen sino de noche. Entonces se alimentan con caracoles, moscas, gusanos e insectos. Y cuando llegan a ser sapos, vuelve a empezar la historia: el matrimonio, los 200 huevos, y lo demás».

¡El matrimonio del sapo! fue escrito por Henri de Parville y reproducido en la revista El cojo ilustrado el 15 de octubre de 1896. El cojo ilustrado fue una revista quincenal venezolana (publicada ininterrumpida durante 23 años entre los gobiernos de Joaquín Crespo, Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez; desde 1892 hasta 1915) sobre ciencia, arte, industria, vida intelectual… y en general la actualidad en todos los ramos del saber.

¡Cuánta falta nos hace algo similar en estos días!

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Portada de la primera edición de El Cojo Ilustrado
Agradezco especialmente al Profesor Dr. Francisco José Bolet por su gentileza de compartir esta joya de la divulgación dutante el curso Redacción de artículos de divulgación científica organizado por el IVIC.
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