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Excrementos misteriosos del sábado por la tarde

Tiempo de lectura: 4 minutos

Pequeñas montañas de excrementos estaban regadas a lo largo del sendero que recorrimos ayer. El paseo comenzó como de costumbre, en un autobús. La ruta en el transporte público fue de 45 minutos y nos llevó hasta el poblado de Muggia, en el confín noreste de Italia, pegado a Eslovenia. Una vez ahí, en Muggia, una caminata de 3 kilómetros en una carretera a la orilla del mar nos separaba de la entrada de nuestro objetivo: el sendero Traversata Muggesana.

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Muggia, Italia.

Apenas dejamos el asfalto y pusimos un pie en el terreno, la bienvenida fue un perfume inconfundible: estiércol. Era el olor típico de excrementos de herbívoros como vacas o caballos. Así que caminábamos con la precaución de no pisar cualquier material sospechoso de emanar ese aroma. No era el sendero más bonito. Es más, era feo. Olía ya saben cómo y la vegetación era pequeña, rechoncha y seca. Paja y mierda nos rodeaban. Sin embargo, con la promesa de llegar a un lugar más apacible, continuamos subiendo; no sin antes hacer pipí en algún matorral y contribuir, de alguna manera, a la carga orgánica de esa tierra.

Finalmente llegamos a un bosque. Entre las ramas, la vista era espectacular: el golfo de Trieste. El cual, por cierto, tenía fusionado su horizonte con el cielo encapotado. Era como si las nubes grises y la niebla cubrieran también la superficie del Adriático, y el límite entre mar y cielo, esa inalcanzable frontera entre lo terrenal y los astronómico, estaba borrado. Total, que en el bosque la estampa era más natural y más bonita que al comienzo. Menos mal.

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Sendero traversata muggesana

Algo no cuadraba en ese ambiente

Apenas mejoró el ambiente, noté algo que me llamó muchísimo la atención. Eran pequeños montículos de pupú. Imaginen un momento los cilindritos que tiene la carne molida cruda, así estaban hechos esas copro-estructuras. A mí me recordaban a la carne para hacer hamburguesas. Nunca había visto algo así. ¿Que por qué pensé que eran excrementos? Debe ser por dos cosas. Uno, por el perfume al comenzar el recorrido, y dos, por la forma (-inserte aquí emoji caca-).

Estaban por todas partes. Donde miraras había una montañita de caca. Me intrigaba mucho saber que animal cagaría así. Tenia que ser relativamente pequeño y terrestre, pensé. De pronto se me ocurrió mirarlo de cerca. Cogí un palo, la toque y la removí. Mamma mia! No olían a nada, NO ERAN EXCREMENTOS, era barro seco. Y no solo eso, sino que ¡en el centro tenían un túnel!

Para que tengan una idea de las dimensiones, cada montanita de no-pupú-sino-barro era como mi puño, aproximadamente. Y el túnel en su interior, solo visible al romper la estructura, sería de 1 centímetro de diámetro mas o menos. Se me ocurrió que tal vez sería algún insecto con algún estadio subterráneo en su ciclo de vida, como las chicharras, algunas avispas, o quien sabe que otro bicho raro. Pensé incluso en arañas. (Disculpen colegas entomólogos por mi ignorancia, pero mis ideas volaban). En cierto momento dejé de analizarlas para no perturbar a sus dueños y también, confieso, por el temor de que saliera y me atacara algún bicharraco de esos.

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Este era el aspecto de los misteriosos excrementos, con pinta a carne picada, que resultaron ser montañitas de barro seco

Los dueños de los excrementos

El resto de la jornada y del paseo fue genial. Una vez en casa con WiFi, compartí en mi cuenta de Twitter la foto de la estructura esa con la esperanza de que algún entomólogo o afín supiera y me explicara la naturaleza “extraterrestre” de esas montañitas. Sobre todo me interesaba conocer el arquitecto. Les recuerdo que empecé creyendo que eran excrementos, pero luego advertí que era barro seco.

La respuesta vino de un brillante colega, Santiago Navarro, quien sugirió que se trataba de heces de lombrices de tierra. ¡BINGO! Una simple búsqueda en internet me llevó a darle la razón. Esas misteriosas, intrigantes y marcianas estructuras, de arquitectos esquivos y potencialmente peligrosos, son hechas por simples lombrices.

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Tuit y respuesta

Al final resultaron ser ambas cosas: pupú y barro al mismo tiempo. Las lombrices comen tierra. La tierra ingerida pasa a través de todo su tubo digestivo, el cual extrae los nutrientes y la materia orgánica de la que se nutre la lombriz. En el extremo del tubo digestivo la tierra que fue ingerida es excretada, sus excrementos son de tierra. Sin saberlo, mis hipótesis no eran excluyentes sino ciertas las dos: era pupú y era barro.

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Lombriz (Lumbricus terrestris) enterrándose. Miren lo que va dejando en la superficie.

Las lombrices son clave para la buena saludos de los suelos y de los ecosistemas. Haciendo esos huecos en la tierra, ellas favorecen la porosidad y la capacidad de infiltración del suelo. También ayudan a descomponer la materia orgánica y aceleran el ciclado de nutrientes. Su presencia es indicadora de la buena salud de ese suelo, y por tanto del bosque. Sus excrementos, básicamente barro, favorecen también al equilibrio ecológico de los ambientes naturales.

No solo son interesantes sus excrementos

Además de su importancia ecológica, las lombrices ejemplifican un punto de inflexión en la evolución de la vida. En el grupo de animales conocidos como anélidos, al que pertenecen las lombrices, se desarrolló por primera vez una estructura interna muy útil: el celoma. El celoma es la cavidad que separa a los intestinos del resto del cuerpo. Apareció hace 600 millones de años, aproximadamente, y su presencia permitió que los órganos internos se desarrollen y se muevan independientemente del resto del cuerpo. Esto trajo una enorme flexibilidad fisiológica y evolutiva, que permitió la existencia de los animales más grandes y complejos. Gracias a los anélidos y esta innovación evolutiva,  yo estoy escribiendo esto y ustedes están leyendo.

Además de los excrementos y el celoma, las lombrices tienen otra curiosidad (en realidad muchas, pero no los aburriré más), y es su vida sexual. Ellas son hermafroditas, una misma lombriz tiene ovarios y testículos. Para reproducirse, no pueden autofecundarse sino que deben acoplarse en un perfecto 69 con otra lombriz para intercambiar el esperma. Como resultado, ambas lombrices son fecundadas y las dos acabarán poniendo huevos.

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Las lombrices son hermafroditas, pero no se autofecundan. Necesitan a una pareja para intercambiar esperma y fucundarse la una a la otra.

De esta forma, un simple y familiar paseo sabatino se transforma en el goce que da disfrutar de la vida y de su evolución. Comenzar el día oliendo excrementos y haciéndose preguntas sobre el bicho detrás de las estructuras de excrementos de barro, y terminarlo con esta reflexión y con el recuerdo de las lecciones de zoología, me proporciona un éxtasis indescriptible. ¿Les ha pasado algo así?

FIN

PD. Les recuerdo que ahora escribo en Revista Persea, como expliqué en Ahora también soy Persea

 

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10 thoughts on “Excrementos misteriosos del sábado por la tarde”

  1. Resulta sorprendente que encuentren desagradables los excrementos de los herbívoros. El sentido común para con las cosas naturales se pierde por completo. Dentro de poco nos dará asco hasta el olor de la hojarasca. Más que pena es una desgracia.

  2. Muchas gracias. Llevaba media hora investigando unos montículos muy parecidos. Preocupado por qué animal estaba utilizando mi terreno como WC. Menos mal que encontré tu foto y tú post!Muchas gracias!!!

    1. Jajaja, pues da la bienvenido a tu terreno. Te lo están fertilizando! Genial que hayas encontrado esto útil, Raúl. Saludos.

  3. ¡Excelente post! He sentido esa misma emoción de buscar y encontrar algo maravilloso, aunque mis curiosidades natas se decantan hacia la naturaleza desde un perspectiva artística, humanística y de color ¡Mucho color! =)

    1. Ecco! Lo importante y lo rico es maravillarse siempre. No perder nunca esa capacidad. ¡Gracias, Gaby!

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